by Aroa Rocher Gerpe

 

De sangre malagueña, pero corazón árabe. No se puede hablar con él sin imaginarse cruzando esas tierras que tantas culturas mezcla en la orilla del Mediterráneo. Tan lejos quedan a nuestros ojos y tan escasamente conocemos más que por las terribles masacres y atentados que ha sufrido. Alberto García Watson (@agwatson85) vive la vida de forma libre, pero siempre con sus prioridades muy claras.

Desde siempre tuvo clara su vocación como artista y comunicador, que combina con su faceta más comprometida con la sociedad participando en actividades humanitarias. En un primer momento, se puede venir a la cabeza esa idea de bohemio trotamundos que disfruta contando lo que vive. Y aunque la idea no es muy descabellada, Alberto también muestra su opinión más crítica hacia el país en el que ha crecido.

Gracias a la colaboración que ha realizado para diferentes medios como HispanTV, Sputnik News o Sahar TV asegura que ha abierto los ojos y conoce los límites de la verdad.



En su ciudad natal se especializó en el mundo de las artes visuales. Sin embargo, luego ha ejercido como comunicador, ¿cómo consiguió conectar el Arte y el Diseño con el periodismo internacional?

He tenido la gran fortuna de no depender del periodismo para vivir. Con esto quiero decir que, por ejemplo, una de mis primeras pasiones fue el arte. He sido durante muchos años artista, incluso lo he compaginado con mi faceta de comunicador. Soy muy polifacético, y cuando no me he dedicado al periodismo he estado trabajando en otras cosas.

Mi inquietud comenzó a muy temprana edad. Con 12 años le robé a mi padre una revista Interviú, y en ella vi unas fotografías de Sabra y Chatila. Y quién me iba a decir que años más tarde iba a realizar varios reportajes en Beirut en esos campos de refugiados.



De Málaga a República Dominicana, Los Ángeles y luego a Oriente Medio, ¿cómo comenzó ese viaje?
Soy un viajero empedernido desde que era pequeño. Se puede decir que he estado en la carretera, entonces también ha sido mucho el interés por otras culturas. Estudié ciencias políticas, y es un punto en particular que considero imprescindible a la hora de ser un buen periodista. Si no tienes una noción y una capacidad para transmitir lo que realmente entiendes cómo válido en política, te conviertes en un mercenario periodístico. Eres básicamente de usar y tirar, ese es mi punto de vista.
En República Dominicana me interesó mucho la política latinoamericana que allí se hacía. Estuve en Cuba, e incluso conocí al presidente Fidel Castro, al que pude hacer una pintura además de tener la posibilidad (muy breve) de conversar unas palabras con él. Quien sí estuvo muy involucrado con el presidente fue mi padre, que lo conoció en la revolución cubana, en los años 50. De mi padre he heredado especialmente el interés por comunicar y su compromiso con los colectivos más desprotegidos de la sociedad.


Tras haber trabajado en diferentes países alrededor del mundo, ¿cree que todos los periodistas deberían ser corresponsales al menos una vez?


Hay cosas que merecen la pena en la vida. Las corresponsalías y el ser comunicador me han abierto mucho los ojos. Yo le debo al periodismo esa válvula de presión que todos tenemos de denunciar aquellas situaciones que nos parecen injustas. Debería haber más prensa que denunciara las actuaciones de los países más poderosos del mundo sobre la población civil. Esto me recuerda al Watergate, donde rompieron los moldes e incluso lograron la destitución de un presidente.

¿Qué figuras han marcado su trayectoria profesional como comunicador?


Algunos de mis referentes estando en Beirut eran Alcoverro (Tomás Alcoverro, decano de los corresponsales internacionales en Oriente Medio, vivió la Guerra Civil Libanesa), que ahora tiene una columna para La Vanguardia desde Beirut. También recuerdo al recientemente fallecido Robert Fisk (corresponsal para The Independent en Beirut). Él tuvo la fortuna de realizarle tres entrevistas a Bin Laden, ha estado en casi todos los conflictos bélicos que han sucedido y tenía una opinión muy crítica sobre la participación y el posicionamiento occidental en Oriente Medio.

Participa desde hace casi una década como activista ayudando a los más desfavorecidos y reconstruyendo desastres naturales, ¿han cambiado estas vivencias su perspectiva como informador?

Conozco muy bien la Franja de Gaza. He participado en varias misiones humanitarias desde 2011, y he sido miembro de la tripulación española de la II Flotilla de la libertad, en el buque Gernika. En noviembre de 2012, Israel inició una ofensiva militar, y pude contemplar con mis ojos los depósitos de cadáveres acumulados en los hospitales. Son cosas muy duras y muy fuertes que después han sido desmentidas por los medios de comunicación, y tengo fotografías y filmaciones que lo evidencian. Los medios me dijeron que no se podía retransmitir en España, ya que al parecer tiene unos convenios que mantienen la impunidad de algunos de los regímenes. En ese momento me decepcione y entristecí mucho, y fue cuando decidí con quién iba a trabajar, ya que quería hacerlo libremente.

Ha colaborado para medios internacionales como HispanTV en Beirut, Gaza, Palestina… ¿Qué ha supuesto trabajar allí?

Reconozco abiertamente que no puedo ser objetivo. Si conozco la realidad que padecen los refugiados palestinos, que son más de 7 millones alrededor del mundo, no pueden venir las autoridades o medios españoles a decirme que no lo puedo contar así, dado que la argumentación oficial es que en todo momento Israel apelando a su derecho a la legítima defensa, ataca tan sólo a objetivos de Hamás en la Franja de Gaza. Las cifras desmienten esta versión, en la última ofensiva israelí resultaron asesinados más de 2.200 palestinos entre ellos más de 500 menores.

He conocido casos de familias en campos de refugiados del Líbano que se morían de hambre y frío y aseguraban que estaban así desde que Occidente les trajo la democracia y los liberaron a base de “bombardeos humanitarios” y apoyó a los denominados “rebeldes moderados” (una amalgama de extremistas venidos de medio mundo con una versión tergiversada de la Sharia). Me acuerdo cuando me despertaban a las 3 de la mañana para informarme que había ocurrido otro atentado suicida, entonces iba con mi compañera que informaba en inglés y yo en español. Se llamaba Serena Shim. Ella fue asesinada por la inteligencia turca. Es un caso muy conocido porque, tras trabajar como corresponsal en Beirut se marchó a Turquía, y mientras cubría la historia de Kobani, un pueblo kurdo en la frontera con Turquía, pudo acreditar el tráfico de armas que portaban los camiones de Naciones Unidas. Estos supuestamente eran los que llevaban alimentos y víveres a los refugiados sirios. Cuando quiso denunciarlo y presentar las pruebas, inmediatamente fue acusada de espía y amenazada, hasta que murió por un choque de un camión que se dio a la fuga. Su cuerpo nos lo entregaron tiempo después, estaba en un cofre perfectamente sellado para que no pudiéramos hacerle la autopsia. Era la más brillante y profesional de todos nosotros. Fue muy duro para mí tener que cubrir su funeral, es aquí cuando te das cuenta que el periodismo se ha convertido en una actividad de riesgo.

Cuando uno abre la caja de pandora le pasa lo que le pasó a mi compañera. A menos que te apasione la comunicación, te pasa lo que me pasó a mí, que se me presionó e incluso amenazó intentando meterme en un coche a la fuerza para abandonar el Líbano. Se pasa miedo allí, pero yo no iba a sacrificar mi vida y mi familia por mi pasión. Por eso, decidí volver a España, compaginando mi actividad como analista con mi defensa de la causa palestina acudiendo puntualmente a la Franja de Gaza como colaborador de ISM o Movimiento de Solidaridad Internacional. Y desde entonces estoy en Málaga.

Hemos podido ver cómo en Oriente Medio los periodistas han sufrido amenazas para evitar que dieran a conocer información que podía resultar perjudicial. ¿Ha encontrado alguna restricción de este tipo?

He ejercido como corresponsal en lugares en los que no se ha coartado mi libertad de expresión, ni se me ha impuesto una línea editorial. He estado en Siria durante la guerra, y conozco a personas con las que puedes contactar y te sirven de referencia allí.

Si vas solo te puede pasar como les ha pasado a algunos reporteros, que se han dejado llevar por personas que se hacían pasar por fixers, es decir, personas que te esperan en la frontera y te ayudan a entrar y salir de los lugares, son tus traductores y te buscan alojamiento. Desafortunadamente, una vez cogieron a unos fixers que resultaron ser de la banda Al Qaeda, y tuvieron secuestrados a varios periodistas durante tres meses. En Siria puedes pensar que puedes ir solo, pero en realidad necesitas tener a personas cerca porque resulta muy peligroso.

¿Cómo cree que se valora en España a los corresponsales enviados a países extranjeros?

Reconozco que soy muy crítico con el periodismo en España. Recuerdo a muchos compañeros españoles que han sido corresponsales en Oriente Medio y lo han pasado muy mal. Una joven que trabajó para un importante medio español y estuvo en primera plana en la Franja de Gaza me comentó que le pagaban 17 euros por cada artículo. Mientras tanto, Isabel Pérez, una compañera con la que trabajaba en el mismo medio, también se jugaba la vida estando en la valla fronteriza de Israel, y estaba mucho más valorada por un medio internacional. España no valora a sus periodistas, y los ha tenido muy buenos.


Cuando en mitad de la entrevista Alberto me pregunta sobre mis impresiones acerca de lo que me está contando, le expreso mi asombro al no esperar que en España se coartara tanto la libertad de expresión a corresponsales en otros países. Él responde que “la manipulación mediática es gran parte del problema y no la solución. Nos dan a entender que muchos de estos países están siendo regidos por unas terribles dictaduras y que el papel que a veces juega España es el de participar en su liberación y democratización. Esto es básicamente lo que entienden muchos españoles cuando escuchan y ven las noticias. Y observan cómo se expresan los medios de comunicación suenan muy convincentes Pero Libia es la prueba de lo contrario: el país más rico de África hoy es un territorio dividido entre facciones islamistas donde se venden esclavos en mercados públicos. El país se encuentra sumido en una interminable guerra civil.


¿Qué diferencias observa entre el periodismo que se hace en España frente a otros países?


Hay aspectos que no se pueden tocar y que pueden reabrir heridas para algunos, incluso aspectos que están protegidos por la Constitución y no pueden tratarse abiertamente en los medios. Nos convertimos en adalides de la libertad de expresión.

A la hora de las entrevistas, tengo a muchos medios internacionales que están interesados en mi análisis político. Todos ellos extranjeros, ninguno de España. España nunca ha querido invitarme a ningún debate político en relación a lo que ocurre en Oriente Medio.

El periodismo no lo he hecho mi modus vivendi. Esto permite que pueda dedicarme a los medios internacionales y no tener que esperar a los españoles. Conozco a compañeros de profesión que los medios españoles en los que trabajaban les han llegado a bajar el sueldo, o incluso devolver a España por no seguir su línea editorial. Es el caso de Yolanda Álvarez, corresponsal en Jerusalén durante varios años. Cuando fue enviada a la Franja de Gaza durante la última ofensiva militar israelí, la embajada de Israel en Madrid argumentó que era una agente trabajando para intoxicar los medios de comunicación. Finalmente, fue apartada por presiones de la embajada israelí que la acusaron de ser portavoz de Hamás.

En los años que ha trabajado fuera de España, ¿ha echado de menos sus raíces?

El culmen del periodista es poder realizar una actividad donde no te sientas coartado, y tener la complicidad de medios que te aporten esa libertad para expresar lo que estás viendo.

Antes de llegar a Siria, la embajada española me advirtió que no fuera, ya que no se iban a hacer cargo de las consecuencias que pudieran ocurrir conmigo. Me dijeron que buscara por mi cuenta un seguro para retornar mi cadáver si pasara algo. Por eso tiene que haber una pasión detrás que mueva a las personas a llegar al fondo de la verdad.

Cuando la noción que tenemos de lo que ocurre en estos países es tan tergiversada, es cuando mucha gente queda confundida, y cuando hablan de derrocar a su líder. Estando allí te das cuenta que esa no es la realidad, sino que es paralela. Me entristece mucho que ningún medio español haya querido contar con mi colaboración, pero también asumo que la mayoría de medios pertenecen a grupos empresariales que no tienen especial interés en que la población cuente con información fidedigna y que impere sobre todo el incremento de los shares de audiencia. No es algo que me quité el interés para continuar conociendo lo que pasa alrededor del mundo, al fin y al cabo es el eje transversal del buen periodismo.



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